En la fauna silvestre del monte de Carpetana habitan, desde siempre, tres amigas.
Jacinta y Narciso, entre el musgo verde y el suelo húmedo del bosque, conviven con las huellas de quienes atraviesan su hogar sin saber que también dejan memoria.
—¡La colina verde! —susurran los 163 habitantes de las dos comarcas vecinas.
Si alzamos la mirada con una pausa consciente, aparece Cassandra, el águila imperial ibérica, cruzando el mar de nubes. Jacinta y Narciso la observan desde abajo, mientras Cassandra, inquieta y cauta, las contempla desde lo más alto del cielo, guardiana del equilibrio invisible.
Jacinta, de carácter delicado, es la más sencilla de las flores silvestres que crecen en la mágica sierra carpetana. Narciso, en cambio, con su color encendido, anhela ser el dios del sol. Humildad y ambición se encuentran y se funden en una sola energía de amor.
Ese es el lugar que han creado.
Allí, Pilar se encuentra y se pierde entre los pilares invisibles del bosque: entre cristales mágicos de invierno, fragancias inolvidables de primavera, colores relucientes bajo la luz enigmática del otoño y el calor del verano, capaz de quemar los recuerdos que pesan.
Allí yacen las cenizas necesarias para comenzar un nuevo ciclo en la vida de Pilar.
Por eso, en cada estación, Jacinta y Narciso esperan con paciencia su regreso, para que ella —como tantos caminantes— vuelva a dejar sus pisadas en el monte de Carpetana, entre el curso medio-alto del río Lozoya y la coronación silenciosa de Juana “la Loca” en la iglesia de San Mamés.
—Sí, loca estoy —susurra Juana, monarca de Castilla y Aragón-
Mis coronas y mis reinos son solo míos. Los guardo en el corazón para que, algún día, sus puertas, sostenidas sobre sólidos pilares, se abran a los amigos de la colina verde.
Entre robledales, pinares, encinares y praderas, desnudo mi cuerpo y mi alma para ser vista solo por Cassandra; por Oddi, la ardilla roja; por Apolo e Isabelina, las mariposas enamoradas; y por el petirrojo cantor, que acompaña cada paso con su música. Todo ocurre en el majestuoso valle donde, estación tras estación, me pierdo y me encuentro.
Bajo mis pies descalzos, el musgo húmedo y la esencia de la tierra devuelven la llama inquieta, el rostro de luz que la ciudad me arrebata cada día.
Vuelvo a ti.
Vuelvo junto a mis amigas.
Caminante sin rumbo, renazco en cada estación.