Dibujo tu perfil en mi rostro,
y sus líneas son distintas a las de ayer.
Sin embargo, son las que me gusta alinear con las mías.
Lo dibujo en el viento, en las nubes.
Esas líneas se dispersan, viajan sin rumbo y, aun así, siempre vuelven a mí.
Quiero tocar tus labios con mis dedos,
tus ojos, tu nariz, tus oídos,
para sentir lo que me dicen.
Quiero sentir que sientes tú
al hacerlo conmigo.
Dibújamelo con tu sonrisa,
en el relieve de tus cejas, en el mapa de tu piel,
como un secreto entre tú y yo
que nadie puede descifrar.
Quiero caminar contigo,
agarrados de la mano
por las calles polvorientas
de nuestra ciudad observante.
Quiero que todos nos vean,
que murmuren y envidien
que puedo tocarte sin más ni más.
Es 1839 y el tiempo se repite como un péndulo sigo tocándote igual,
mientras todos nos observan
y nos castigan con su mirada.
Somos dos caminantes,
con reloj de cadena,
traje de sastre a la medida,
y una impecable belleza, aunque vulnerables
que atrae las miradas
de las féminas y de quienes no lo son.
Nos miran con mensajes en clave,
impresos en sus gestos corporales,
con el deseo de nuestra piel,
nuestras manos y nuestros besos,
envueltos en su corazón y sus almas.
Notas del Autor:
Inspirada en 1830 en Madrid, El paseo. Descripción de la vida mundana madrileña. El paseo del Prado, Recoletos, El Retiro. Museo de Historia de Madrid.
En este caso, es el amor entre dos hombres que se comunican con el lenguaje corporal ante la mirada de una ciudad testigo, donde las miradas los condenan, y aun así, sus sentimientos son banderas desplegadas al viento para trasmitir su mensaje de amor.